Marx entra a un templo confuciano (1926) relato de Guo Moruo (郭沫若)

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Guo Moruo (Kuo Mo-jo, 1892-1978), fue un escritor, poeta, historiador y arqueólogo chino. Fue presidente de la Academia China de las Ciencias.

Dos días después de los servicios en su memoria del otoño 15 de octubre, Confucio estaba sentado junto a tres de sus discípulos favoritos, Yan Huí, Zi Lu y Zi Gong. Estaban en un templo confuciano de Shanghai, comiendo la carne fría de la cabeza de un cerdo que los fieles habían dejado como ofrenda, cuando entraron cuatro jóvenes compradores cargando una silla de sedan pintada de rojo.

Zi Lu fue el primero en verlos. Se enojó tanto que sus cabellos casi echaron por los aires a su sombrero, tiró sus palillos a un lado y estuvo apunto de ir hacia al frente y terminar con los disturbios.

Confucio se apresuró a detenerlo y le dijo: Zi Lu, tu valentía excede a la mía, pero eres falto de juicio” (Analectas, V.7)

Zi Lu sólo pudo contener su ira.

Luego de un momento Confucio envió a Zi Gong paras darles la bienvenida a los invitados. 

Sólo cuando la silla de sedan rojo fue dejado en el suelo al frente del santo, el hombre que se encontraba adentro salió. Su rostro era rojo como un cangrejo, la vellosidad cubría su mentón y sus mejilla: era un occidental. Zi Gong fue al frente a recibir al invitado y lo llevó hacia el salón. Los cargadores los siguieron. Luego, invitados y anfitriones -en total nueve- se pusieron en lugares opuestos del gran salón y se saludaron unos a otros como iguales.

Confucio se presentó y le preguntó al invitado por su nombre. ¡Resultó que el occidental barbudo con cara de cangrejo no era otro que Karl Marx!

Debido a su reciente y extendida fama, el nombre de Karl Marx ya había llegado a los oídos de Confucio, Y Confucio era de aquellos que respetaban la sabiduría y amante del aprendizaje. Verán, mientras estaba vivo, estudió rituales con Lao Zi, el zither con Shixiang y música con Changhong. Tan pronto una persona sobresalía en algo, n9 sólo no estaba dispuesto a ofenderlo, sino que inclinando la cabeza y con el corazón humilde él iría en búsqueda de su instrucción. Fue esto lo que hizo de Confucio Confucio – diferente a la gente de nuestro tiempo que le cierra la puerta todo, cuando en realidad simulan entender lo que no entiende. Por lo que tan pronto como Confucio escuchó que su invitado era Marx, le dijo con agradable sorpresa:

“Ah, un amigo de lejos ha venido, no es esto un gusto! (Analectas I.1) Sr. Marx, que peculiar encanto es su llegada! Definitivamente peculiar. Ha venido a nuestro humilde templo a enseñarnos algo?

Marx se lanzó sin ceremonias a su discurso – no hace falta decir que todo estaba dicho en el galimatías de los bárbaros del sur. Para que Confucio entienda, dependía completamente de la traducción de los compradores; y lo que aquel decía, así mismo, debía pasar por toda una ronda antes de que la traducción llegara a Marx.

“He venido especialmente en búsqueda de tu instrucción”, dijo Marx. “Nuestra doctrina ya ha sido transmitida a vuestra tierra de China y espero que pueda ponerse en práctica aquí. Peor últimamente, algunos andan diciendo que mi doctrina y la vuestra son diferentes; que en China, donde vuestra doctrina está extendida, no existe la posibilidad de que la mía sea puesta en práctica. Por esta razón he venido a buscar vuestra instrucción. ¿Cuál es, después de todo, la naturaleza de vuestro pensamiento? ¿De qué forma es diferente del mío? ¿Y en qué punto difieren? Sinceramente deseo obtener una respuesta detallada”.

Confucio escuchó y asintió en aprobación a lo que decía Marx. Sólo así respondió: “Mi pensamiento no es muy sistemático porque, como usted sabrá, cuando estaba vivo no había ciencia. Y la lógica me supera. Si tuviera que comenzar y hablar eclécticamente sobre mis ideas, aún así no lograría la forma de expresarlo todo, y temo que fallaría en vuestras buenas intenciones. Sería mejor si usted hablara primero sobre vuestra doctrina; luego yo podría agregar mis visiones comparándolas. Verá usted, aunque vuestra doctrina ha llegado a China desde hace ya algún tiempo, yo sigo confundido sobre su naturaleza, debido a que ninguno de sus libros ha sido traducido al chino”.

“¿¡Cómo dice!? ¿Ninguno de mis libros ha sido traducido? ¿Cómo es posible entonces que mi doctrina haya provocado tal conmoción en estas tierras?”

“Ya he escuchado sobre esto, para hablar sobre vuestra doctrina no hay necesidad de ninguno de sus libros. Todo lo que se necesita es leer algunas cuantas revistas japonesas u occidentales – Eso es todo”. Demostrando que también él podía ser pícaro, Confucio confrontó a los cuatro compradores y les preguntó, ¿no es eso cierto, Hombres Nuevos?

Pero estos Hombres Nuevos no eran ningunos tontos. No tradujeron apropiadamente lo que había dicho Confucio. Lo que tradujeron fue: “Pero todos pueden leer vuestro trabajo en el original. Y estos compradores, bueno, tienen un conocimiento de primera sobre economía y el idioma alemán”. Así fue como tanto Marx como Confucio fueron engañados por los cuatro “compradores estudiosos”.

“Eso está bien” dijo Marx. “Mientras puedan leer en el original, está muy bien”.

“Qué extraordinario placer el de tenerlo con nosotros hoy día. Como estamos cortos de tiempo, no podemos pedirle una lectura formal—pedirle a los extranjeros famosos que den lecturas está muy a la moda hoy en día— ¿pero al menos podría darnos una lectura informal?”

“Está bien, está bien,” dijo Marx. “Primero hablaré sobre mi doctrina. Pero antes de hablar sobre ello, primero deberé explicar el punto inicial de mis ideales. Las relación entre el mundo y la vida humana es minuciosamente afirmativa, lo que quiere decir que no soy como el común de los pensadores religiosos, quienes ven la relación entre la vida y el universo como sin sentido o maléfica. Debido a que ya estamos en este mundo, debemos buscar un camino que nos permita conseguir la mayor felicidad en nuestras vidas, así como un camino para hacer de nuestra existencia lo mayormente feliz, y una forma de hacer al mundo apropiado para nuestra existencia. Estoy en este mundo y hablo de este mundo. En este punto, difiero de muchos pensadores religiosos y metafísicos. Y es en este punto que quisiera preguntarle a usted: ¿de qué forma exacta su pensamiento puede compararse al mío? Si en este punto inicial ya diferimos, entonces nosotros estamos siguiendo dos caminos fundamentalmente divergentes y ya no hay necesidad de continuar esta discusión”.

Marx había terminado de hablar cuando Zi Lu, sin esperar a que Confucio hablara, interrumpió: 

“¡Eso es correcto! Ciertamente mi maestro es de los que enfatizan en utilizar el principio de mejorar la vida; más que nada enfatiza el medio de vida de las personas. De esta forma lo dice, ‘Es la mayor virtud del cielo y la tierra de garantizar la vida’” (Libro de los cambios, ‘Xixi’, xia 1).

“Correcto,” dijo Confucio. “Uno podría decir que el punto desde donde partimos es el mismo. Pero si usted desea un mundo más apropiado para nuestra existencia ¿qué clase de mundo sería ese? Seguramente habrá pensado sobre este mundo ideal. ¿Cuál sería? 

“¿Desea saber sobre este mundo ideal? Está bien. Deberá hacer una mejor pregunta”. De repente, Marx se volvió jovial, con los ojos radiantes de un calor poco común y sus manos arreglando sus barbas. Dijo: “Hay mucho que dirían que soy un materialista. Tomándome por un animal, ellos piensan que sólo sé de qué forma hay que comer y que soy una persona sin ideales. De hecho, soy como usted sugirió: Soy aquel que tiene el ideal mundial más lejano de alcanzar. Me atrevería a decir que soy el idealista más idealista en la historia. Mi mundo ideal es aquel donde todos será capaces, libre e igualmente, de desarrollar sus talentos, de usar sus habilidades sin esperar nada a cambio y cuya vida esté asegurada sin preocuparse de pasar hambre o frío. Esta será la clase de sociedad comunista donde, como el dicho dice. ‘De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades’ (Crítica al programa de Gotha). Si acaso este mundo alguna vez es alcanzado ¿no sería el reino de los cielos construido en la tierra?”.

“¡Ah, sí!” En este punto incluso el digno Confucio no podría sino aplaudir. “Este mundo ideal suyo y mi Gran Armonía coinciden. Deje recitarle un viejo pasaje mío: ‘Cuando la Gran Armonía fue establecida, un común y público espíritu reinó por debajo del cielo, ellos eligieron hombres de virtud y habilidad, sus palabras fueron sinceras, y lo que cultivaron fue armonía. Así, los hombres no sólo amaron a sus padres, ni trataron como niños sólo a sus hijos. Una competente provisión fue asegurada para los ancianos hasta su muerte, empleo para los capacitados y los medios para criarse para los jóvenes. Mostraron amabilidad y compasión hacia viudos y viudas, huérfanos, hombres sin hijos y a los enfermos y discapacitados, para que así fueran correctamente mantenidos. Varones tenían apropiado trabajo y mujeres apropiadas hogares. Habían acumulado artículos de valor, rechazando lo que debía ser rechazado pero sin desear de mantener algo para su propia satisfacción. Trabajaron con su fuerza, rechazando lo que no debía ser ejercido, pero no ejerciéndolo para su propio beneficio. De esta manera, esquemas egoístas fueron reprimidos y no encontraron desarrollo. Ladrones y traidores no se aparecieron, de ahí las puertas exteriores permanecieron abiertas y no fueron cerradas. Eso era lo que llamábamos la Gran Armonía’ (Libro de los ritos VII, 1). ¿No es esto idéntico a vuestro mundo ideal?

Confucio estiró cada sílaba mientras recitaba este pasaje, uno de sus favoritos. Cuando entonó las dos oraciones —‘Habían acumulado artículos de valor, rechazando lo que debía ser rechazado pero sin desear de mantener algo para su propia satisfacción. Trabajaron con su fuerza, rechazando lo que no debía ser ejercido, pero pero no ejerciéndolo para su propio beneficio’— incluso meneó su cabeza de atrás hacia adelante, mostrando una suerte de auto hipnosis.

Marx, sin embargo, permaneció calmado— no parecía haber encontrado a los pasajes tan importantes. ¿Podría ser que a los ojos de Marx Confucio no era más que un ‘socialista utópico’? Así Marx como si estuviera en un estrado dando una lectura, comenzó de nuevo a expandir su doctrina.

“Pero —dijo Marx haciendo énfasis en esta conjunción adversativa— mi ideal es diferente a los de algunos utopistas. Mi ideal no es un brebaje vacío, tampoco puede ser alcanzado en un sólo paso. Primero, podemos probar por la historia que es posible para la producción social gradualmente incrementar y prosperar. Lo que sigue, sin embargo, es que el gradual incremento en comodidades de esta producción lentamente va siendo concentrada en las manos de algunas pocas gentes. Esto luego incrementa la pobreza y dificultades sociales que persisten sin respiro”.

“Hmm… claro… claro…” Confucio aún no había despertado de su temprana auto intoxicación; apenas asentía con su cabeza. “Hace mucho tiempo, una vez dije: ‘El gobernante no está preocupado por la escasez; sino por la distribución desigual. No está preocupado por la pobreza, sino por la inestabilidad’ (Analectas XVI. 1).

Antes de que las palabras de Confucio culminaran, Marx ya estaba objetando.

“¡No! ¡No! Después de todo tenemos dos visiones completamente distintas. Yo estoy preocupado tanto por la escasez como por la injusta distribución; preocupado tanto por la pobreza como por la inestabilidad. Debe entender que si existe la escasez, no puede haber tal cosa como distribución igualitaria; así mismo, la pobreza es la raíz de la inestabilidad. Este es el porqué, a pesar de oponerme a la concentración de bienes privados, no sólo favorezco el incremento de producción sino que la promuevo enérgicamente. Por lo tanto nosotros defendemos el uso de la mayor fuerza posible para abolir la propiedad privada y al mismo tiempo usar esa fuerza para incrementar la producción de la sociedad. Si la producción incrementa y es posible que todos la disfruten por igual, sólo así pacíficamente y con una sola mente equitativamente desarrollar cada uno sus talentos innatos y naturalezas individuales. Está demás decir que el ímpetu de esta fuerza es el proletariado — aquellos que aprueban la abolición de la propiedad privada. A demás, en primer lugar esta fuerza tomará el estado como su centro y luego lo expandirá internacionalmente. Si esto puede ser realizado, todo el mundo podrá ser capaz de satisfacer sus necesidades individuales, materiales y espirituales. Sólo así la humanidad podrá alcanzar la mayor felicidad. Mi ideal, entonces, tiene una secuencia definida y un sólido y factual sostén.

“Sí, sí!” Confucio, como hace un momento, asintió en acuerdo. “Yo también dije: ‘Ya qué hay muchos, háganlos ricos. Una vez que se hayan vuelto ricos, instrúyelos’ (Analectas, XIII, 9). También señalé que la política gubernamental debería ser ‘Que haya suficiente comida, sufientes armas, y la confianza de la gente habrá sido ganada’ (Analectas XII.7). (En ese momento, Confucio se volteó a Zi Gong y dijo, “Te he dicho eso, ¿no es verdad? A lo que Zi Gong apenas asintió con la cabeza). “También dije: Si un verdadero rey surgiera, requeriría una generación para que hubiera benevolencia.’ (Analectas XII. 12). También expresé: ‘El estado de Qi, con cambios, puede alcanzar el nivel del estado de Lu; Lu, con cambios, puede alcanzar el Camino’ (Analectas, XXXI.12). Y también dije: ‘Aquellos que harían brillantes virtudes en todo el imperio deberían ordenar bien sus propios estados’ (Analectas VI. 24). Valorar lo que es material ha sido fundamental para el pensamiento tradicional chino. La instancia inicial de esto se encuentra en el Libro de Documentos, donde comida y bienes están entre los ‘Ocho objetivos del gobierno’ en la sección del ‘Gran Plan’ (Shangshu, V4). Gunzai también dijo: ‘Después de que sus graneros estén llenos, ellos pueden aprender sobre ritual y moderación; cuando sus ropas y alimentos sean suficientes, entonces ellos podrán aprender sobre honor y vergüenza’. Mi pensamiento, así como el pensamiento tradicional de mi país, es fundamentalmente el mismo que el suyo: primero incrementar la producción —sólo así podrá haber igual redistribución. Es por eso que dije, ‘Ellos acumulan artículos de valor, rechazando lo que debía ser tirado al suelo, pero no deseando quedarselos para el propio beneficio’. Siempre he menospreciado a los comerciantes, pero este discípulo mío y el maestro nuevamente se volvió y señaló hacia Zi Gong, nunca escucha. Muchas veces le he dicho que no lleve negocios, pero él deliberadamente se hace de los oídos sordos (pero él sabe cómo hacer dinero). Usted tiene que entender que mientras nosotros estábamos vivos, la ciencia no se había desarrollado, por lo que nuestro métodos de producir riquezas eran muy rudimentarios. Dentro de los confines de tan limitada habilidad para producir riqueza, sólo podíamos abogar por economizar. Esto era debido al tiempo en que vivíamos. Pero creo que aún hoy en día economizar es muy importante ¿no está usted de acuerdo? Cuando no hay el suficiente arroz, ciertamente no debemos permitir que una minoría coma tales deliciosas como las babosas de mar y la aleta de tiburón”.

“¡Ah, está usted en lo correcto!” Marx empezó a exclamar: “Nunca hubiera imaginado que dos mil años atrás en el lejano oriente hubiera un antiguo camarada como usted! Nuestras visiones son una sola. ¿Cómo puede haber gente que dice que mis pensamiento es opuesto al suyo, que no se puede adaptar a las condiciones nacional de China y que no puede ser implementado aquí?

“¡Ai!” En este punto Confucio exhaló un largo suspiro — un suspiro lo suficientemente largo como para liberar dos mil años de frustraciones. “¡Ai!” Habiéndose desahogado continuó: “¿Cómo ellos podrán implementar tu pensamiento cuando incluso yo he estado comiendo cabeza fría de cerdo por más de dos mil años?”

“¡Espera! ¿Quiere decir que los chinos están imposibilitados de implementar vuestro ideal?” 

“¿Cómo puede hablar de implementarlo? La gente sólo necesita comprenderlo; entonces los que confían en usted ya no se opondrán a mí y la gente que confía en usted no se le opondrán”.

“Ah, sí ese ese el caso, entonces quiero…”

“¿Qué es lo que desea?” 

“Quiero.. regresar junto a mi esposa”.

Si esto hubiera sido visto a los ojos de los moralistas, en este punto ciertamente Confucio habría volado en una rabia y maldecido a Marx como una bestia por haber abandonado a su esposa. Pero el sabio no prohíbe lo que los sentimientos humanos son incapaces de resistir. Así que nuestro sabio no sólo no maldijo a Marx, incluso le preguntó bastante envidiosamente, “Señor Marx, ¿tiene una esposa?”

“¿No era eso evidente? Mi esposa y yo compartimos los mismos ideales y aspiraciones. A demás, ella es muy atractiva”.

Cuando se trataba de hablar de su esposa, Marx, nunca descortés, la exaltaba de la misma manera que exaltaba su ideología.

El maestro, viendo a Marx tan complacido consigo mismo, tomó un hondo suspiro y dijo: “Todos los hombres tienen esposas. ¡Sólo yo no tengo una!” (Analectas, XII.5. Confucio se refiere a “hermanos” en el original).

En este punto, Zi Gong, quien había estado contendiendo su lengua, rápidamente intervino: “Todo dentro los cuatro mares son sus esposas. ¿Cómo el maestro puede estar preocupado de estar sin esposa?” (Analectas, XII.5. En el original: Todo dentro los cuatro mares son sus hermanos). Cambiando el viejo cliché, Zi Gong, el único orador digno de tal nombre entre los discípulos de Confucio, logró provocar una sonrisa en Confucio.

Marx estaba ante una derrota. Tras una rápida mirada, entendió que Confucio se había divorciado de su propio libre albedrío — sentió que aquello le prestaba a Confucio una mayor profundidad de carácter.

Después de un momento Confucio continuó señalando a Marx: “Sin embargo, he tratado a los ancianos de mi familia como deberían ser tratados, y por extensión a todos los demás ancianos. He tratado a los jóvenes de mi familia como debían ser tratados y por extensión a todos los demás jóvenes. He tratado a mi esposa como debía ser tratada y por extensión a todas las demás esposas. Por lo que su esposa es también la mía”.

Escuchando esto Marx se sorprendió tanto que gritó: “¡¿Qué?! ¡Señor Confucio! Yo sólo abogo por compartir productos básicos; usted abiertamente aboga por compartir esposas! ¡Sus ideas son aún más peligrosas que las mías! Muy bien, no le provocaré más”.

Después de decir esto, Marx rápidamente le hizo señas a los cuatro cargadores y se retiró apresuradamente del campo, como si la esposa que había dejado atrás en Europa fuera inmediatamente compartida por Confucio.

El maestro y sus tres discípulos se pararon en la entrada y vieron a la silla de sedan de Marx hasta que fue perdiéndose por la puerta occidental. Sólo después Yan Hui, quien desde el principio hasta el final había estado como un tonto, finalmente dijo:

“‘El caballero por una palabra is considerado sabio, por una palabra, considerando tonto’ (Analectas, XIX.25). ‘Nuestro maestro de hoy no es nuestro maestro de ayer’ (Lu Tong, ‘Poema de amistad con Ma Yi). ¿Por qué sus palabras fueron tan extremas?”

El maestro, complacido y sonriente, dijo, “Mis comentarios fueron sólo en broma” (Analectas, XVII.4).

Entonces todo el mundo siguió su ejemplo y comenzó a sonreír. Después de un tiempo, regresaron a sus esteras y, recogiendo la carne fría de cabeza de cerdo que habían estado comiendo antes, comenzaron de nuevo su masticación apreciativa.

Ser de la U

Regresar a casa con el uniforme aún impregando de sudor luego de un día de escuela, recostarme en la cama de mis padres mientras buscaba en el periódico del día cómo le había ido, cómo le estaba yendo a la U, era un suplicio. De esos años recuerdo dejar de ver los partidos de la U por terminar en resultados decepcionantes, porque los gritos de papá mancillaban mi inocencia auditiva. Encontrar en la tabla de posiciones a mi equipo (en qué momento había empezado a serlo) luchar por salir del fondo era moneda corriente.

El destino así lo quiso. La anécdota reza que el día de mi nacimiento un clásico se jugaba en algún estadio nacional. La U perdía estrepitosamente y mi padre con la rabia que esto traía aún demoró en procesar la información de la llegada de su segundo hijo. Abandonó la programación, manténganme al tanto del resultado imagino le habrá dicho a alguien, y se dispuso a apoyar a su mujer.

Llegué el día que Universitario perdía contra su clásico rival. Quizá no era un buen augurio. Sin embargo, aquel día del 95, se conmemoraba el nacimiento del mayor ídolo del club. Las imagenes de Lolo pueblan mi mente aún antes de saber su nombre, su historia, antes de saber que compartíamos mes y día. Con el tiempo uno comprende que la construcción de mitologías parten de ciertas verdades y agregan datos cuestionables e increíbles. Una decía que Teodoro Fernández, en su mejor momento y en una actitud digna de cualquier héroe patrio, rechazó un cheque en blanco (existirá acaso ese objeto, los ricos son personas extrañas, firman cheques y te dejan el monto a tu disposición e imaginación). Imagínese la anécdota en oídos de la gente pobre del país. El honor por sobre el dinero, pero sobre todo, ésta era la principal idea del mito, el club por sobre el lucro, la U por sobre todas las cosas. La dignificación del humilde fue una buena forma de ponerse del lado de la gente. Se gestaba una religión.

Teodoro Fernández Meyzán (Cañete, 20 de mayo de 1913 – Lima, 17 de septiembre de 1996)

El mito que no demoró en caer. Los equipos más representativos del Perú por mucho tiempo se dividieron entre los de arriba y los de abajo. La dicotomía es una costumbre. Cuando unos estudiantes de la Universidad Mayor de San Marcos, en los años que estudiar era un privilegio (probablemente aún lo siga siendo), fundaron el club en 1924, Alianza Lima ya era considerado el equipo de barrio, de pueblo, es decir, los buenos. La historia hablaba del “clásico de los bastonazos”. En aquel partido una supuesta y refinada hinchada de la U (aún no llevaba su emblemático nombre) arrojaba sus bastones a la cancha como reclamo y molestia ante los desagravios y violentas faltas que los jugadores de Alianza cometían contra los nuestros. La serie Misterio y su protagonista emitieron la nueva consigna del club: Que se sepa que la U es la mitad más uno del país, aquí somos cholos, indios, negros, chinos, nada de atacar racialmente al rival (los insultos de mono, lamentablemente, sigue siendo común contra Alianza), no hay Perú sin la U. La U aristocrática había pasado al olvido.

Jorge Koochoi disputa el balón con Mario de las Casas. En el “clásico de los bastonazos”.


Cuando la U trataba de liberarse del fantasma de la baja creía que sus mejor años ya habían pasado. Siendo aún muy pequeño la U había campeonado tres veces seguidas, algo para nada común en nuestro mediocre torneo. Hubo un momento en que la U era invencible en el pais. Y sin embargo esos días habían pasado.


Reclamarle a la U su incapacidad para realizar una digna participación en un torneo internacional es extenderlo a todos los clubes del país. La U fue el primer equipo peruano en llegar a una final de la copa libertadores, los cánticos gritan la obsesión del hincha por esa copa. Solo piense qué hubiese sido, que sería de la U si esa copa se ganaba. El independiente de Argentina por aquellos años era invencible. Si le preguntas a un hincha de ese club probablemente haya olvidado que su rival en 1972 jugaba con la camiseta crema y un toque maestro. La gloria internacional no pudo ser, sigue siendo la obsesión.


Cuando mi papá y yo asistimos a la final de la libertadores sub 20 sabíamos que era un partido menor y que en nada se comparaba con su símil mayor, pero qué bien gritamos aquel día los penales que vencieron a los menores de Boca Juniors. Ese día se campeonó. Desde que dejé de revisar la tabla de posiciones del torneo local, desde que caí en cuenta de la mediocridad del fútbol peruano, con clasificación al mundial y todo, a la U solo volvía en los clásicos, pero sobre todo en los torneos internacionales. Aguardaba y aguardo, también es mi obsesión, ver a los cremas llegar a lo más alto. Nada es imposible; la frase futbolera lo inventó Nike.


Cuando se anunció que la final de la libertadores se realizaría en Lima yo ya llevaba años sin vivir en esa ciudad. Cuando se reveló que la sede sería el Monumental algo pasó. Junto a otro partido olvidable y aquella final había asistido a un clásico con un buen amigo en ese estadio. Llegamos al lugar incorrecto. Aquellos días aún era posible la asistencia de la hinchada rival y nosotros llegamos a ellos. Ocultamos la camiseta por temor a la violencia y poco a poco nos acercamos a la zona que nos correspondía. Aquel día se ganó y se gritó. El vértigo que me produjo la inmensidad del Monumental quizá se debió a mi inexperiencia visitando estadios. Allí se jugará la final de la libertadores y no me quedará de otra que verla por tv. Por obra de la Conmebol la gente se vino enterando de la historia del club y de, por supuesto, de Lolo. La resonancia que la final tendrá pondrá en la palestra a un club que pudo ser más grande de lo que es.


Dudo que el monumental sea un estadio modelo. Es verdad que es imponente, pero todo esto que están haciendo para complacer y quedar bien con el mundo ya debió hacerse hace mucho. La U tiene una deuda inmensa y su hinchada no ha respondido con asistencia masiva al estadio. Es muy difícil, casi imposible dicen, llenarlo. Su ubicación no debería ser un problema, toda la gente de Ate y alrededores deberían llenarlo fin de semana tras otro pero esto no pasa. La accesibilidad, según recuerdo, era pobre e interminable. Los baños eran un insulto al saneamiento. Imagino que habrán de remodelarlo tan rápido como puedan para no quedar mal internacionalmente. Luego, como no podría ser de otra forma, se lo dejará a su suerte. La deuda, decía, hace imposible cualquier mejoramiento del club. Incluso contratar buenos jugadores se hace difícil. La plata no alcanza. Las nuevas dirigencia se encontrarán con un saldo imposible de saldar. Y sin embargo recibirán el dinero por el alquiler del estadio por esta final. Y sin embargo malgastarán el dinero. La gente que no quiere al club no viene de afuera, sino de adentro.


Cuando se juegue la final y, o brasileños o argentinos ganen, la gente olvidará poco a poco al Monumental y a la U. Creo recordar algunas muertes en ese estadio. Creo saber que esto seguramente se le ocultará a la prensa internacional.


La U recibirá la final, no como todo hincha hubiese esperado, con nuestro equipo disputándose la final. Para esto habrá que seguir aguardando.


El hincha de la U, cómo todo peruano, lucha contra su inferioridad y su resentimiento. Ansío que la sangre en el ojo crema, la camiseta es sangre y crema, es crema y sangra, subvierta cualquier complejo y vuelva el corazón a su club. La libertadores no se va a ganar sola, hoy la albergamos, mañana la jugamos. Un día venidero ya no revisaré la tabla de posiciones en un periódico sino en la web, el mundo cambia, y encontraré que a la U ha copado el puesto que siempre mereció, en las planas y carillas de todo el mundo. Haciendo noticia por su juego, el que logró el tricampeonato, el de las finales, el de los clásicos victoriosos, el de la hinchada colmando el Monumental clamando, llorando, sangrando, gananado.